TENÍA EL PREMIO LATINOAMERICANO DE CUENTO Y EL MEXICANO DE POESÍA

Las cenizas de Alejandro Aura serán trasladadas a su México natal por expreso deseo del escritor, quien falleció en la tarde del 30 de julio en un hospital madrileño a consecuencia de un cáncer cuando se encontraba acompañado de su esposa y de su hija.
Entre los reconocimientos que tenía en su haber destaca el Premio Latinoamericano de Cuento, que se le concedió en 1969 por «Los baños de Celeste”, y en 1973 le dieron el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en su país por «Volver a casa”.
Como dramaturgo algunas de sus obras premiadas han sido «Los exaltados”, por la mejor coactuación en 1974, «Los totales” (1985) por la mejor dirección, o «El retablo de El Dorado” (1990), mientras que de su obra poética destacan «Tambor interno”, «Poeta en la mañana”, «Júbilo” y «Se está tan bien aquí”.
Una de sus facetas más públicas fue la de responsable del área cultural del gobierno de la Ciudad de México durante el mandato de Cauhutemoc Cárdenas, con el que reinventó un nuevo tipo de cultura más conectada con los ciudadanos al llenar la ciudad de conciertos, recitales de poesía y distintas actividades culturales.
En 2001, con su nombramiento como responsable del Instituto de Cultura de México en España, Aura se trasladó a vivir a Madrid, ciudad en la que decidió permanecer hasta el fin, y en la que al cesar en el primer cargo asumió el de representante del Estado de Zacatecas en España.
El Centro Buñuel de Calanda, con el que colaboraba asiduamente, ha señalado que Alejandro Aura «se ha ido sin dejar de luchar día a día contra esa enfermedad sin solución, que ha peleado como un caballero, con elegancia y tenacidad, pero sobre todo escribiendo el libro de poesía ‘Se está tan bien aquí'».
En el blog personal que el escritor creo para comunicarse con sus amigos y lectores, Aura escribió hasta el día antes de su muerte, en una nota en la que se disculpaba por haber pasado el día anterior en el hospital y no haber podido escribir. Sólo tres antes de su fallecimiento, el escritor pedía «perdón» a Milagros, su mujer, por el sufrimiento que le ocasionaba con el «malestar profundo por dentro y por fuera, dolores, incomodidades, tensiones, tristeza (mucha) y desesperanza» que le ocasionaba la enfermedad, y añadía que «la pobre no sabía cómo ayudarme a encontrar algún alivio. Hoy le pido perdón por escrito, porque me cae que no se lo merece».