La zarzuela de Federico Chueca regresa al Teatro Victoria de Madrid de la mano de Óscar Cabañas y la compañía Ditirámbak

A Óscar Cabañas, director de la compañía Ditirámbak, que ha repuesto «Agua, azucarillos y aguardiente» en el Teatro Victoria de Madrid, no lo sacaron el domingo a hombros tras la función -tal vez afortunadamente para él, hubiera extrañado mucho verlo de esa guisa calle Pez arriba, entre los jóvenes de los bares y los vecinos castizos-, pero el montaje fue acogido calurosamente y con compases de palmas en algunos momentos de la representación por el público que llenaba la sala.
«Agua…» es un sainete, sin excesivas pretensiones, con una música pegadiza que ha sobrevivido al paso del tiempo y un libreto con gracia escrito en su día por Miguel Ramos Carrión. Una obra coral, llena de pícaros en un Madrid que obligaba a sus vecinos a cómo sobrevivir cada día. Eso ocurría hace más de un siglo y vuelve a pasar en muchos casos ahora. Pero ya sin aquellas chulapas que despachaban el aguardiente exhibiendo escotazo.
Todo ese casticismo de organillo lo refleja perfectamente el montaje ideado por Óscar Cabañas. Que incide en una cuestión fundamental para mantener actualmente en pie «Agua, azucarillos y aguardiente»: la vis cómica. La propuesta subraya el humor existente en la obra. Sin esa vis cómica, todo se desvanecería. Pero queda en pie. Muy en pie. Con las buenas voces, además, con las que se interpretan los números musicales. Y el acertado trabajo de todo el elenco. Especialmente de María Jesús Sevilla, que pone azúcar, belleza y la suficiente dosis de agua a su papel de poetisa mala y joven casadera guapa sin suerte. Y del propio Óscar Cabañas, en su personaje de picador reconvertido en un sablista chulo pero de buen corazón. O ese Don Aquilino, casero avaro y prestamista pero gracioso.
Una función, pues, amable, suave y divertida. Que además sostiene la tradición de la zarzuela en el Madrid/madriles. No es poco. Tal como éramos. Tal como somos.