Sasha Lane y Shia Labeouf protagonizan en el Festival de Cannes una historia sobre el deseo de independencia de una adolescente arrollada en una espiral de depravació

Heredera directa del cine social británico, Andrea Arnold situó la acción de sus dos primeras películas en el corazón de los suburbios para describir su sufrimiento, en un estilo naturalista adaptado a sus personajes. «Red Road» (2006) y «Fish Tank» (2009) demostraron la pericia de esta directora, que realiza un cine «de instinto» que describe el caos que rodea a aquellos a quien la vida se ha llevado por delante.

Impulsada por la lectura de un artículo del New York Times tras finalizar «Cumbres borrascosas» («Wuthering heights», 2012), la cineasta emprendió un periplo de varias semanas a través del sur y el Medio Oeste de Estados Unidos, tras la estela de un grupo de jóvenes comerciales puerta a puerta. Allí descubrió un día a día compuesto por fiestas, sexo y drogas.

Los preparativos de «American Honey» también la han conducido hasta las playas de Panamá, tierras asoladas por la pobreza donde el consumo sistemático de drogas y alcohol gangrena los espíritus y los cuerpos. Allí, pudo hacer una audición en persona a jóvenes marginalizados.

Como en el caso de «Fish Tank», la actriz principal de la película, Sasha Lane (que da réplica a Shia Labeouf) fue descubierta por casualidad por la cineasta en un restaurante de Texas donde trabajaba como camarera. El largometraje, a medio camino entre el documental y la ficción, se apoya en un reparto formado por actores en su mayoría no profesionales, «wild kids» encontrados por la carretera.

La directora, que trabaja mucho con las sensaciones, dice haber trabajado de nuevo sin ensayos ni storyboard para conectarse emocionalmente con su historia.