LA PRINCESA LEIA HACE UNA CATARSIS SOBRE LOS ESCENARIOS DE BROADWAY

A sus 52 años, Fisher presenta un físico enorme y deformdo, con las consecuencias del alcohol y la droga en su maltratado rostro. Ello no es óbice para que se tome con humor su propio físico, sus caídas en la droga y el alcohol, sus relaciones con sus fastidiosos familiares y sacar varios esqueletos de su armario. Para no olvidar nada, se ayuda de un puntero con el cual señala las fotografías de las personas que han presidido sus sufrimientos pinchadas en un enorme tablero. Porque Fisher nació de la unión de una de las novias de América, Debbie Reynolds, con el «crooner» de moda, Eddie Fischer, de enorme tupé. Este las dejó por Elizabeth Taylor, aunque pronto fue abandonado por la Mesalina de Hollywood, que le prefirió a Richard Burton. Debutó con su mamá a los 15 años en Broadway con el musical «Irene» y a los 20 se convirtió en un ídolo del siglo XX con su princesa Leia de «La guerra de las galaxias». Entonces, mantuvo un fantástico romance secreto con Harrison Ford, del que el actor jamás ha hablado, aunque Carrie contó maravillas de sus cualidades amatorias. Un tumultuoso matrimonio con el músico Paul Simon (con el que protagonizó varios de sus videoclips) dió paso a años de drogas y alcohol que en nada envidiarían a los excesos del difunto John Belushi. Su segundo matrimonio se hundió como el Titanic cuando su marido, el agente Bryan Lourd, salió del armario, se confesó homosexual y la dejó por un hombre. Siguieron entradas y salidas de centros de desintoxicación y tocó fondo cuando tras una noche de juerga descubrió al político republicano R. Gregory Stevens, de 42 años, muerto en su cama. En la obra «Wishful Drinking», escrita por ella, Fisher acepta preguntas del público y utiliza su ingenio agudísimo para liberar sus traumas. La parte gruesa del monólogo se la lleva la princesa Leia y todo lo que supuso en su vida y carrera a demasiado temprana edad. Presenta la hamburguesa, bebidas, jabones, champús y muñeca sexual inspiradas por la galáctica del peinado de la dama de Elche. A todo ello se sumó el que Fisher desarrolló un desorden mental bipolar y una depresión de carácter maníaco que no ayudaron mucho, precisamente. Pero en vez de acabar como Marilyn Monroe, la actriz ha sabido canalizar sus enfermedades y debilidades a través de libros, artículos, películas y el monólogo teatral que reestrenó el pasado domingo en Broadway. Fisher estrenó el monólogo con gran éxito en Los Angeles en 1996. En Nueva York ha agudizado sus pensamientos y como buena narcisista los presenta con candor e ingenio. Su alcoholismo lo explica con un mapa de Irlanda y una fotografía de George W. Bush y es hilarante oirla comentar cómo es poner la radio y, de repente, oir a tu ex marido cantando quejas sobre tí. En pijama, bata de seda y descalza, Fisher desgrana habilísimamente los más dolorosos recuerdos. Al comienzo, le espeta a la audiencia: «No saben mucho de mí, pero dentro de dos horas, sí. Si antes no deciden divorciarse de mí». Al salir del teatro, el público tiene más la sensación de haber asistido a una terapia de grupo. Carrie Fisher habla de todos nosotros.