La obra de Alejandro Melero, una sucesión de historias que el espectador puede engarzar entre sí como si se tratara de un puzzle

El arranque resulta espectacular, tal vez el momento cumbre de la obra: un joven de 30 años se despierta en un lugar que desconoce. En medio del desconcierto, una chica le informa que está muerto. Se trata de su compañera de tumba. Allí habrán de pasar la eternidad. Solos. Con el miedo de ella a que la asalten. Ella trata de animarlo: «No hay que tener miedo a la muerte, sino a estar muertos en vida”. En el diálogo entre ambos se describe la peripecia de otros personajes que pueden aparecer en alguno de los esquechs posteriores.
El montaje cuenta con cuatro actores, dos chicos y dos chicas. Ellas, una subida a unas piernas espectaculares y la otra asomada a su escotazo. Ellos, con un bíceps como un queso de bola. En general alcanzan un buen nivel interpretativo, que la noche del estreno fue a más conforme avanzaba el espectáculo. El público lo pasó bien y aplaudió con generosidad al final. Misión cumplida. Hay momentos que la obra pudiera recordar a alguna serie televisiva. Pero la diferencia un intento de trascendencia, de dar un paso más, de buscar la gracia pero agitando el pensamiento. El esfuerzo que se intuye entre los jóvenes que han trabajado en ‘Clímax’ los hace merecedores del éxito.