DOS PERSONAJES DESNUDAN LA REALIDAD DE SU ÍNTIMA RELACIÓN Y RESPONDEN A LA PREGUNTA QUE TODOS ALGUNA VES NOS HEMOS HECHO: ¿CUÁNTO DURAN LOS AMORES ETERNOS?

Fernando J. López es presentado por el blog de la FNAC como un autor de teatro y novela, géneros con los que dibuja la realidad del siglo XXI combinando la dureza del género negro con el aliento lírico que nace de la fragilidad de sus personajes; antihéroes tan reconocibles como Alfredo en «La inmortalidad del cangrejo», novela-retrato de la crisis de toda una generación con el 11S de fondo; o como Eloy y César, la pareja de «Cuando fuimos dos», una obra que ha roto estereotipos sobre el mundo gay y que ahora comienza su tercera temporada de éxito. Fue además finalista del Premio Nadal 2010 por «La edad de la ira», un thriller sobre la violencia en nuestras aulas. Sus textos –según este popular blog- componen un convulso fresco de nuestro tiempo que pretende provocar la reflexión –y la reacción- de sus lectores. Por repetir una frase ya antológica, digamos, «fin de la cita”.
Después de ver «Cuando fuimos dos”, la obra que acaba de estrenarse, convengo que hay que seguir de cerca a este joven autor que se atreve con temas tan delicados como una ruptura sentimental (no sé si amorosa), en este caso, entre dos chicos gays. Toda ruptura es un trauma. Según una teoría a mitad de camino entre la filosofía y el esoterismo, cuando dos personas se unen fusionan sus cuerpos en uno. Y cuando esa relación se rompe, el cuerpo queda desgajado como un árbol roto que pierde su savia.
Felipe Andrés es Eloy, un joven escritor en ascenso que un día conoce a César, interpretado por David Tortosa, un vendedor joven, guapo y de sonrisa seductora. Entre ambos surge el flechazo que madura en una relación aparentemente estable y juntos van a compartir sus vidas a un piso. Pero sus vidas son muy diferentes: Eloy ama su oficio y a él se dedica en cuerpo y alma; César es un don juan compulsivo que vive su vida a través del sexo. Y entre ambos, internet, con sus mails y sus redes sociales donde la gente alegremente desnuda sus sentimientos, sus gustos y sus vidas. Eloy prefiere la vida sosegada y César es amante de las aventuras nocturnas.
Con una sutil puesta en escena el director Quino Falero consigue plasmar unos flash-backs (tan fáciles en cine y tan difíciles en teatro) que nos permiten conocer la vida de ambos, sus gustos, sus amigos y sus diferencias. Con juegos de luces el director nos lleva por diferentes momentos dentro y fuera de ese piso que es su hábitat para Eloy y una pequeña cárcel para César.
Convivir no es fácil. El tiempo sirve para madurar las relaciones, pero también para deteriorarlas. El autor recurre a la confesión de los personajes que se dirigen al público para contar sus experiencias, sus historias, sus encuentros y también sus discrepancias. Tal vez es una técnica fácil, pero da resultado. El público escucha en silencio y aprueba con sus sonrisas las anécdotas y comentarios de cada uno.
Los actores asumen sus personajes con eficacia y dan vida con sinceridad y entrega a dos personalidades que se dejan llevar por la pasión y el amor, pero que no son compatibles. Con ellos el director consigue que la obra crezca hasta el desenlace que estremece y emociona. Conviene estar atento a la escena final, una puesta en escena muy lograda, con un gesto repetido por Eloy, cargado de simbolismo, que transmite pena y dolor a la platea, mientras la escena (que representa a la vida misma) se funde en un negro absoluto.