«Get Low», de Aaron Schneider, se estrena en el Festival de Deauville

Robert Duvall es uno de los más grandes actores en ejercicio. Bill Murray ha dejado atrás sus mercuriales histrionismos y ha convertido en marca de la casa un cinismo desesperado y al ralenti. Ambos colisionan felizmente en «Get Low», un drama-suspense-western atípico dirigido por Aaron Schneider y que conoció ayer su estreno europeo en la 36 edición del Festival de Cine Americano de Deauville (Calvados, Normandia, Francia). La audiencia salió enormemente complacida, entretenida y conmovida, que rima.

La acción comienza dramáticamente con una granja ardiendo y un hombre en llamas huyendo del lugar. En 1930, 40 años más tarde, ese hombre, el temido y temible Felix Bush vive aislado en las montañas, como un eremita durante cuatro décadas, con la única compañia de un pollino, un rifle y un armario lleno de siniestros secretos. Los lugareños le temen, han creado todo tipo de siniestras leyendas acerca del «asesino». Bush se limita a gruñir y comprar comida y balas (es un gran cazador de liebres y ciervos) bajo la atemorizada mirada de los pueblerinos.

La muerte de su último amigo le sume en una profunda reflexión y decide presentarse en las oficinas del enterrador local -salón de pompas funebres, al borde de la bancarrota- al mando del untuoso sarcástico Frank Quinn (Murray), que ve un instantáneo negocio multipecuniario. Bush se maneja con un manojo enorme de sobados dólares y quiere un funeral en vida convertido en fiesta, música y alcohol. Sólo pone una condición: que la gente que acuda cuente una historia amable sobre él. Nadie comparece, ni siquiera el pastor para el que construyó una maravillosa iglesia de madera. Bush es un magnífico carpintero.

El funeral se ve amenazado, Quinn inserta anuncios en la prensa y hasta Bush anuncia que dejará sus ricas posesiones a los que acudan mediante una loteria. El truco surte efecto y el funeral es un éxito. Es entonces cuando Bush decide hacer una confesión pública y sólo Robert Duvall, su genio y magnetismo, crean un gran instante de verdad durante la confesión. Bush fue acusado de asesinar a un granjero con cuya esposa mantenía una relación ilicita, siendo correspondido. Quemó la granja y en el incendio murió ella. Los locales le acusaron sin pruebas y el huyó a la montaña.

Cuatro décadas después desvela que el granjero mató a la adúltera y quemó la granja, muriendo en el ataque. Felix acudió a salvarla sin posibilidad de hacerlo. Su reclusión se debió a esa culpa, no a crimen alguno. Los pueblerinos abandonan el lugar confundidos, culpables y avergonzados. Tiempo después, la muerte real se presenta y Quinn tira la casa por la ventana para un funeral bello e íntimo. La presencia de Duvall, ausente ya en la pantalla, todavía resuena. Tremendo duelo actoral Duvall-Murray. Y es que la arruga sigue siendo bella y la experiencia, un grado.