EL THRILLER DE RODOLFO SIRERA, DESDE EL 11 DE SEPTIEMBRE EN LOS TEATROS DEL CANAL CON DIRECCIÓN DE MARIO GAS

El montaje vuelve a España tras una gira por Argentina y Uruguay de la que los miembros del elenco se muestran muy satisfechos. Según Solá, el público se quedó «fascinado» y las críticas fueron «preciosas». Para Freire la clave de su éxito en los países sudamericanos es el hecho de que «la tortura» está «muy reciente allí», con lo que la situación que se vive en la obra dejó «enganchado» a un público que finalizaba con una «reacción explosiva».
«El veneno del teatro», que ha sido estrenada en ocho países, es un juego dramático entre los dos personajes principales, en el que Gabriel Beaumont (Daniel Freire) recibe un encargo por parte del extravagante marqués (Miguel Ángel Solá) para que interprete una obra teatral que él mismo ha creado. Pero Beaumont pronto comprobará que todo forma parte de un cruel experimento sobre la realidad y la interpretación.
Jugando con el equívoco en su título, la obra no habla solo de la pasión por el mundo teatral, sino de la vida misma, y de la influencia que el arte tiene en ella y de ella. La historia comienza con un encuentro entre dos individuos, un hombre poderoso y un actor de fama, para discurrir acerca de las dos teorías teatrales de la época -el texto original está situado en el París de la Ilustración-, a saber, la identificación con el personaje o la exteriorización del mismo. A partir de ahí, los protagonistas se ven envueltos en un viaje sin retorno, del que no saben cuál será el final.
Desde que se representara por primera vez en 1978, «El veneno del teatro» ha sido traducida y estrenada en otros ocho países. En España es especialmente recordado el montaje que en 1983 produjera el Centro Dramático Nacional, con José María Rodero y Manuel Galiana como protagonistas. Sin embargo, este montaje distará bastante de lo que los espectadores de aquel momento recuerdan, tanto por sus personajes como por la época en que se sitúa el hecho dramático, que pasa del siglo XVIII a 1920.
El planteamiento de la obra hace que se produzca «un gran desgaste físico» de los protagonistas, que «sufren mucho en el escenario», indica Sirera, quien con Solá y Freire ha encontrado a los actores que «más cerca están de la imagen que tenía de los personajes». «Si la obra durara media hora más, Dani se volvería loco», ha bromeado por su parte Solá a propósito del esfuerzo que deben hacer en escena. «Yo aún no he llegado al punto de agotamiento total gracias a la fuerza de la obra», ha contestado Freire, pero ha afirmado que «debe estar cerca».
El texto de Rodolf Sirera demuestra su actualidad al recuperar un debate que sigue vivo entre teóricos de la interpretación. La pieza se hace eco de las dos corrientes contrarias que en los siglos XVIII y XIX dividieron a los teóricos del teatro. Por una parte, había quien defendía la importancia de que el actor se identificara con el personaje, hasta el punto de que mezclara sus sentimientos personales con los de aquél al que interpretaba. Términos como la declamación o la técnica implicaban la falsedad en la actuación, y por tanto, hacían imposible conectar con el espectador.
Para que el trabajo no se convierta en monótono, los intérpretes tienen una parte «muy libre» en la obra, según Solá: «Nos estamos sorprendiendo continuamente». El intérprete explica que la clave es que «no debe haber una representación igual que otra», porque sino «la obra se muere».