“Ni siquiera la música baila tan descalza”, escribe Claudio, el chico de la última fila, a Ester, la madre de su amigo Rafa, una mujer de un atractivo rubio y aparentemente aburrida –interpretada por una espléndida Pilar Castro-, que en un primer momento llama la atención de Claudio por su “inconfundible olor de la mujer de clase media” o porque “tiene ojos color sofá”. Claudio y Ester, junto a Germán, el profesor de Lengua, marcan el conflicto de “El chico de la última fila”, obra de Juan Mayorga recién estrenada en el teatro María Guerrero de Madrid, que es una tragedia contemporánea –aunque con algún momento de comedia-, una pieza de soporte realista pero cruzada por la vanguardia. En definitiva, y como tantas veces puede afirmarse de las obras de Mayorga: es teatro/teatro. Ha escrito el catedrático Carlos Thiebaut de «El chico…»: “O puede ser una tragedia, o pudiera serlo, si todo era desde el comienzo un engaño. Lo que a los espectadores se nos presenta como un juego –cabría concluir- es una tragedia para los personajes… que sólo descubrirían al final que las cartas estaban marcadas”.

El perfil de tragedia de «El chico…» se manifiesta decididamente en el personaje de Rafa Padre, ese hombre de frases hechas –“antes la obligación que la devoción”, “nosotros somos un equipo”-, en apariencia cómodamente asentado en la vulgaridad de una vida gris pero apacible junto a Ester, pero que en todo momento –y lo expresa de manera sensacional la interpretación de Guillermo Toledo- lleva dentro el aire desesperado y melancólico de Willy Loman, el viajante de Arthur Miller. Willy Loman se desquicia cuando al lado de su modesta casa construyen un enorme edificio que ensombrece su pequeño jardín, y la vida de Rafa Padre se ensombrece después de una noche con un cliente chino. El viajante de Miller llevaba medias de seda a una putilla de carretera y Rafa Padre conduce al cliente chino “no a un putiblub” sino “a un bar en que hay mujeres” de Madrid.

«El chico…» es una obra deslumbrante, con un soporte dramático extraordinario, que agita las emociones, que empuja a una atención constante al espectador, una obra donde no se ve a Mayorga sino a Claudio, ese chico que inventa/cuenta la historia y se la pasa por capítulos a su profesor, siempre con el inquietante final de “continuará…”. El solitario, extraño, enigmático y listísimo chico de la última fila, al que un personaje de la obra advertirá: “Te gusta leer y escribir. Qué infeliz vas a ser”.