SU PELÍCULA «LA MUERTE DE MARÍA MALIBRÁN» RESUMÍA SU UNIVERSO POÉTICO

Schroeter trabajó en todos los campos de la cinematografía: como productor, cineasta, actor, guionista, editor… y también trabajó en el campo teatral y dirigió óperas. Cultivó el cine de autor, haciendo hincapié en historias sobre la homosexualidad. Precisamente, por esta causa recibió el honor del premio Teddy Award en el último festival de Berlín.
La prolífica carrera de este artista se resume en 30 películas, entre las que destacan «Palermo oder Wolsburg», (con la que ganó el Oso de Oro en la Berlinale), «Eika Kattapa» (con la que ganó el premio Josef-von-Sternberg) y «Para esta noche» (adaptación de la novela de Juan Carlos Onetti), admás de 80 puestas de escena de ópera y teatro.
Nacido en Turinga en 1945, le gustaba ser reconocido como un autor plenamente europeo. Se hubiera dedicado a la Psicología de no ser por su pasión por el cine, el teatro y la ópera. A partir de 1967, realiza cortometrajes en 8 mm y tras asistir al 4º Festival de películas experimentales de Knokke-le Zoute queda fascinado por las producciones de la vanguardia americana y los trabajos barrocos de Gregory Markopoulos. De este modo, una de sus primeras obras en 16 mm -«Argila» (1968)-, concebida para ser proyectada en dos pantallas, lleva la marca de las influencias ejercidas por esos descubrimientos.
Sin embargo, Schroeter se da cuenta de que a él no le interesa la investigación pura del arte fílmico: lo que más desea es dirigir, poner en escena su universo interior, ritualizar su cultura. Es así como realiza su primer largometraje profesional, «Eika Katappa» (1969), un collage de imágenes, sonidos diversos y fuentes culturales muy dispares (Siegfried, Carmen o Hamlet se relacionan entre ellos gracias a la música de Giuseppe Verdi, Beethoven, Bizet, Penderecki, Elvis Presley o Catarina Valente). La temática del cine de Werner Schroeter surge entonces en todo su esplendor: las relaciones del hombre, la locura, la fascinación por la muerte, la salvación a través del amor apasionado, la teatralidad extrema, el diálogo germano-latino, la confusión entre realidad y fantasía, los mitos y los valores culturales clásicos, lo trivial y lo tremendamente artificial, el kitsch y, por supuesto, la ópera (su pasión por Maria Callas es tal que le dedicó diversos ensayos: «Callas Walking Lucia» o «Maria Callas Porträt», ambos de 1968).
En 1971 filma una versión bastante fiel del «Salomé» de Oscar Wilde que le lleva, desde entonces, a dirigir teatro y montajes operísticos. Ese mismo año rodó la que para él y la crítica es su obra más importante: «La muerte de Maria Malibran» («Der Tod der Maria Malibran»), todo un manifiesto de su arte poético: tomando como motivos de sus variaciones plásticas elementos de la biografía de una cantante del siglo XIX muerta a los veintiocho años «por haber cantado demasiado», elabora una serie de correspondencias entre su yo y la cultura de la que es depositario, correspondencias que hacen del arte el valor supremo en que el hombre occidental, decepcionado y desengañado, puede todavía creer. Dentro de este maravilloso melodrama iconográfico-musical sobre el culto al genio, destaca la alternancia de los grandes y fascinantes primeros planos de rostros de mujer con escenarios paisajísticos de apariencia irreal donde las colinas y lagos invernales contrastan con un cielo rojo incandescente. La actriz que dio vida a Maria Malibran fue Magdalena Montezuma, la musa del cineasta que se mantuvo fiel a él desde Eika Katappa hasta su muerte en 1984.