Entre sus películas destacan «Salmo Rojo», «Vicios privados, virtudes públicas» o «Rapsodia húngara»

Jancsó fue durante años el director más prestigioso del cine húngaro. Su cine se caracterizaba por una narrativa basada en largos planos secuencia y por el examen exhaustivo de la relación de los hombres pobres con los que están en el poder.
Jancsó tenía 37 años cuando realizó su primera película en 1958, «Las campanas se han ido a Roma», y siete años después consiguió una candidatura a mejor director en Cannes por su obra «La ronda de reconocimiento». Retrato alegórico de la libertad frente a la opresión, «La ronda de reconocimiento» pudo exhibirse en Cannes porque Jancsó convenció a los líderes de la Hungría comunista de que no tenía nada que ver con la revolución antisoviética sofocada en 1956.

Aunque Jancsó no obtuvo el reconocimiento ese año, lo recibió en 1972 por «Salmo rojo». En la película, basada en la revuelta campesina del siglo XIX, Jancsó llevó su estilo al límite y usó sólo 26 planos muy largos. Otros títulos destacados de su filmografía son «Los rojos y los blancos», «Electra», «Allegro bárbaro» o «Estación de monstruos», su primera película ambientada en el Budapest contemporáneo

En 1979, Jancsó obtuvo el premio a toda su trayectoria en Cannes y en 1990 en el Festival de Venecia. «Hemos perdido al más grande director de cine húngaro de todos los tiempos, un pensador y un verdadero demócrata», ha dicho el director Bela Tarr, cuyas películas se construyeron sobre el legado de Jancsó.

Miklós Jancsó, que se casó tres veces, siguió a la guionista italiana Giovanna Gallardo a Italia, donde vivió durante una década y dirigió una serie de películas italianas, entre ellas el drama histórico de 1975 «Vicios privados, virtudes públicas». Posteriormente, comenzó a emplear el caos como principio organizador de sus películas, con menos éxito que en las primeras fases de su carrera.

Además de director, Jancsó fue presidente del sindicato húngaro de directores, y varias veces candidato liberal al Parlamento. Destacada figura entre los liberales húngaros, que le llamaban afectuosamente «tío Mike», apoyó la legalización de la marihuana.