Conmovedora interpretación de Antonio Dechent en «La voz humana” en el teatro Lara de Madrid

Tal vez sea la herida del tiempo, las heridas que se acumulan en el alma de las que hablaba Francisco Umbral, lo que me provocara ese desgarro ante el personaje interpretado por Antonio Dechent. Su colosal actuación, su angustia, esa sensación de que se está desangrando interiormente poco a poco mientras se aferra al hilo de la conversación telefónica que mantiene con la mujer con la que ha convivido durante cinco años y que lo ha dejado para casarse con otro. El teléfono supone su único vínculo con ella: Con la vida. «Dime que me amas, dime que aún me amas…”. Cuando cuelguen todo habrá terminado. «¿Dormir? ¿Para qué?”. No volverán a hablar. Ella va a casarse. Sólo queda su perfume en los guantes que ella olvidó en casa y que él respira una y otra vez. El último oxígeno.

Jean Cocteau escribió este monólogo para que lo interpretara una mujer, y lo han puesto en escena grandes actrices y en numerosos idiomas. Antonio Dechent es, creo, el primer actor que lo lleva a las tablas en España. El resultado, ya está dicho, es colosal. La obra hiere. Eduardo Haro Tecglen, en uno de sus memorables artículos en «Visto y oído”, dejó escrito que no hay mayor dolor que el abandono. Hace unos días, en una entrevista, me lo confirmó el músico Raimundo Amador. «La voz humana” no es una obra maestra porque no está hecha con mayúsculas, sino con minúsculas. Habla del dolor cotidiano. Es una perla. Una joya en la cartelera estival madrileña. Tal vez la primera vez que vi «La voz humana” era demasiado joven. O quizás la interpretación de Antonio Dechent sea sublime. Recomiendo esta obra. Porque no hay nada que supere al teatro cuando el teatro es capaz de emocionar.