EL CINEASTA DANÉS ESTRENA «ANTICRISTO» EN LA COMPETICIÓN DE CANNES

Es cierto que el filme que Von Trier ha dedicado al mayor genio del cine ruso tras Sergei Eisenstein, es deudor de la imaginaria y universo del desaparecido director de Zavrahe. Es casi, visualmente, más un film del ruso que de Von Trier. El director de «Rompiendo las olas» («Breaking the Waves») y «Dogville» incluso ha incluido frases y diálogos de filmes del director de «Stalker» y «Solaris». Y por primera vez, se ha movido de sus estudios Zentropa para rodar en Alemania, concretamente en el estado federal de Renania Westfalia. Sus bosques, oscuros y amenazadores, sirven de desazonante marco del experimento psicológico, sexual y automutilatorio de una pareja que trata de superar la muerte accidental de un hijo pequeño, de cuya desidia en los cuidados se culpa la madre. Ella es una Charlotte Gainsbourg explotada por el director como nunca antes el danés se había atrevido a torturar a Bjork, Emily Watson, Bryce Dallas Howard o Nicole Kidman. Sin lograr superar la muerte del pequeño, el marido (un Willem Dafoe mas fibroso e intenso que nunca) y la mujer se retiran a una cabana en un bosque, aislados del mundo y en estado de precariedad. El, psicologo, trata de reconducir a su desesperada mujer hacia la razón. De hecho, y en dos ocasiones, aparecen unas laminas goyescas pertenecientes a «las pinturas negras». Todo ello, sublimado por la musica de Haendel. De nuevo comparece la habitual misoginia -cuando no, odio africano hacia las mujeres- de Von Trier. En el inacabable film -sobre todo en su segunda mitad- somos testigos de automutilaciones de caracter sexual, torturas físicas de inesperado sadismo, enterramientos en vida, animales pariendo, hablando o autodevorándose y una constelación que, a través de tres mendigos, anuncian la muerte. La escena final, un hombre frente a la montaña, es robada directamente a Tarkosvsky. Von Trier ha añadido una legión de mujeres que surgen de la nada y rodean al sangrante Dafoe, que acaba de quemar a su mujer. Proyectada a la prensa ayer, a la par que «Ágora», de Alejandro Amenabar, se podría decir que la jornada estuvo dedicada a la caza de brujas, literalmente. La proyección en la sala Claude Debussy del Grand Palais fue seguida con reverencia, primero, nerviosa hilaridad, después, para finalizar en una sonora division de opiniones. Von Trier, dada su conocida alergia a volar, se ha desplazado ya a Cannes en su poderosa furgoneta y recluido en el exclusivo hotel de lujo Du Cap d’Antibes, donde mañana procederá a desvelar la intriga en la que se erige su última entrega.