CON MONTAJE Y DIRECCIÓN DE MIGUEL DEL ARCO, es Una historia sobre los marginados y desheredados sociales que protagonizan Fernando Cayo y Roberto Álamo

«De ratones y hombres» nace como novela en 1936 y es convertida en texto dramático tres años más tarde por el propio autor, John Steinbeck, Premio Nobel de Literatura en 1962. Gran parte de su obra -«Las uvas de la ira» o «Al Este del Edén»- muestra un retrato nítido, profundo y desgarrador de los desheredados de la América rural de la Gran Depresión.
Los protagonistas, Lennie y George, son dos trabajadores del campo de California. Dos seres despojados y reducidos a animales de carga, que sobreviven en el infierno de la miseria moral y de la explotación laboral. Pobreza, injusticia, violencia y opresión conforman un cuadro en el que el contrapunto de la compasión y del amor dibuja unos trazos que nos recuerda que el dolor no aniquila la dignidad humana ni la grandeza de espíritu.
Miguel del Arco, Premio Max a la Mejor Adaptación de Obra Teatral por «Veraneantes» y Max a la Mejor Dirección de Escena y Adaptación por «La función por hacer», dirige esta tragedia protagonizada por Fernando Cayo y Roberto Álamo. Al primero pudimos verle en «La caída de los dioses», dirigida por Tomaz Pandur o en «Tito Andrónico», con dirección de Andrés Lima. El segundo dio vida a Stanley, dirigido por Mario Gas, en «Un tranvía llamado deseo», y al «Urtain» de Fernando Lima. El resto de actores forman un sólido cuerpo interpretativo en el que la única representación femenina es la de Irene Escolar, nieta de Irene Gutiérrez Caba. La puesta en escena es trepidante, en un espacio escénico pleno de movimiento, creado por Eduardo Moreno.
«De ratones y hombres» es una historia estremecedora con un final terrible. Una historia sobre hombres y mujeres que se mueven en el vacilante límite entre la dignidad del ser humano y la animalización. Entre la razón y el instinto. Entre los que luchan para salir adelante y los que se dejan arrastrar por cansancio, incapacidad o agotamiento. Entre los que sueñan y los que, simplemente, duermen. Es una lucha extenuante que se produce a nuestro alrededor a cada paso. Tal vez por eso, muchas veces, pasa desapercibida o simplemente evitamos fijarnos en ella. Pero si lo haces, si te paras y miras verás que la lucha está interiormente iluminada por la grandeza de corazón y la grandeza de espíritu, por la dignidad, por el coraje, por la compasión y por el amor… Duele, pero ilumina.