El actor puede ser llamado a testificar por un juez en relación con un asunto de blanqueo de dinero

Aunque han sido ya cinco actores los que le han dado vida dentro de trajes londinenses y zapatos italianos suntuosos, -los últimos, Pierce Brosnan y Daniel Craig-, en esta ocasión, los investigadores se han referido a sir Sean Connery, el mejor Bond de la Historia.

Al actor escocés de humilde extracción y actual colosal fortuna, se le ha investigado por un delito de blanqueo de dinero, en relación con la venta especuladora de su mansión «Malibú», en Marbella, en primera fila de playa. El primero en desvelar el nuevo escándalo marbellí fue Mario Lavandeira, conocido como Perez Hilton, en su seguidísimo blog, hace 48 horas. En él, el autoproclamado «gangster de los medios» reveló que la policía había «peinado» los despachos -en Torre Picasso, de Madrid, y el Edificio Marina, de Marbella- del abogado español del actor de «Marnie la ladrona».

Se trata del bufete Díaz-Bastien y Truan, y en la causa abierta por un delito urbanístico y otro, de blanqueo de capitales hay ya 30 imputados, entre ellos, Connery. Las diligencias se encuentran bajo secreto de sumario, pero se ha filtrado que la causa contra el actor de «El hombre que pudo reinar» se ha abierto por la recalificación de la parcela que poseía en primera fila de playa y donde ahora se levanta una mole de cuatro alturas erigida entre 2004 y 2005.

Allí encontraron indicios delictivos por parte del actor en relación con la venta de su mansión, en la que ahora se eleva un colosal bloque de 70 apartamentos. Hace años, Antonio Banderas compró la mansión marbellí de la radiofónica ultraderechista Encarna Sánchez, que había cometido varios delitos urbanísticos con la protección del sátrapa Jesús Gil, el alcalde obsesionado por atraer celebridades hasta su feudo. Banderas tuvo que demoler varias unidades ilegales, con el consiguiente estropicio que le causó.

Marbella ha sido el solar en el que Isabel Pantoja -ex amante de Sánchez- hizo y deshizo a su antojo, en sus tiempo amatorios con Julián Muñoz. Ahora le espera una probable condena de tres años de prisión. Sir Sean Connery vendió «Malibú» hace una década y puso pies en polvorosa hacia las Bahamas, donde vive retirado leyendo la prensa, posando para su segunda mujer, la argelina Micheline Roquebrune, y jugando incansablemente al golf. De vez en cuando, interrumpe su letargo para rodar anuncios de cerveza y whisky japoneses, a cambio de inmensas fortunas para escándalo en Escocia, de cuya independencia es ardiente defensor. Una causa nacionalista que no le impidió aceptar el título de Sir otorgado por los Windsor, símbolos de la represión escocesa.

Nacido en la precariedad más absoluta en un barrio pobre de Edimburgo, Fountainbridge, Sean Connery era hijo de una señora de la limpieza, Euphamia MacLean, y Joseph Connery, camionero. El joven, que abandonó el colegio para trabajar, ejerció bajísimos trabajos como pulidor de toneles para whisky y barnizador de catafalcos. Un concurso de belleza y James Bond le pusieron en un camino hacia la fama y riqueza que nunca ha abandonado.

Pero, ahora y a partir del 27 de mayo, el policía de «Los intocables» y la diminuta Roquebrune, una anciana bajita adicta a las minifaldas, la pintura y el golf, pueden ser llamados para testificar ante el juez en relación con las acusaciones de comisión de delitos contra la Hacienda Pública, prevaricación, malversación de caudales y blanqueo de capitales. Si se demuestra que Connery es culpable, lo cierto es que cometió los delitos bajo el amparo omnipresente del entonces poderosísimo e intocable Jesús Gil. En el caso de que se instruya la causa, estarían también implicados otros símbolos de la corrupción municipal marbellí como Julián Muñoz y la concejala Marisol Yagüe, que ya conocen las delicias de la vida entre rejas.

Connery rodó en 1964 el film «Goldfinger» bajo la dirección de Paul Hamilton. La bellísima Honor Blackman fue Pussy Galore, Lois Maxwell fue Miss Moneypenny, Gert Fröbe incoporó al malvado Auric Goldfinger y Harold Sakata a Oddjob. No es probable que sir Sean Connery pase un tiempo en la sombra, pero ya se sabe que nunca se puede decir nunca jamás.