la aventura en una balsa de madera hecha por él mismo, de Perú a Polinesia

Heyerdahl reclutó a un vendedor de neveras divorciado que entendía de mecánica, dos marineros y sobre todo, a un hombre con una cámara. Rodado en 8 mm., aquel documental mostraba imágenes en blanco y negro. Ganó un Oscar en 1950. Al final, desengañado por la falta de apoyos, Muchos años después de aquella aventura, Thor Heyerdahl acabaría prendiendo fuego a su balsa como protesta. En Oslo se recuerda la epopeya en un museo.

El océano es el protagonista y la música, muy dramática. Está bien hecho y es un completo entretrenimiento y comienza con un flash back para explicar los motivos del explorador. Estéticamente, es impecable, llena de colores (aunque no haya), detalles de la época exactos y buen montaje. Y es un crowdpleaser, con efectivos efectos acuáticos y la tripulación enfrentándose a ballenas y tiburones blancos, más grandes que la balsa de madera. El realismo de las bestias es escalofriante y una se come el loro de a bordo. Las ballenas no estaban protegidas entonces -finales de los años 40- y la escena de la muerte del animal es parecido al que rodó Louis Malle en 1956 con Jacques Costeau The Silent World». «Kon-Tiki» respeta las aguas pero también se venga si ejecuta injusticias.

El retrato de Thor es encantador sin caer en analizar la profundidad de una obsesión que era una aventura suicida. Sus ojos chispean cuando habla a sus hombres del dios inca que inspiró la misión. Es una especie de capitán Acab de Gregory Peck y el Aguirre enloquecido de Klaus Kinski. Y está el peligro de las aguas profundas sobre las cuales los hombres navegaban precariamente. Ha sido dirigida a cuatro manos por Joachim Ronning y Espen Sandberg. En la vida real, Thor Heyerdahl años más tarde realizó un viaje a la fascinante isla de Pascua. El libro se tituló «Aku-Aku» y fue una lectura obligada de mi adolescencia.