NINO MANFREDI

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    Saturnino (Nino) Manfredi fue un actor, director teatral, director de cine, guionista y cantante italiano nacido en Castro dei Volsci es 22 de marzo de 1921. Junto a Ugo Tognazzi, Vittorio Gassman, Alberto Sordi y Marcello Mastroianni, constituyó uno de los pilares de la comedia a la italiana de la segunda mitad del siglo XX. Manfredi no dejó área del espectáculo sin explorar hasta mostrarse como un intérprete completo. Pasó por la revista y por la radio, por el doblaje y por el musical. Y la TV -que le abrió muchas puertas en sus comienzos- fue la que le permitió en los últimos años convertirse en una figura familiar también para los más jóvenes y hasta los chicos.
    Después de licenciarse en Derecho, gracias a la exigencia de sus padres, se decidió por seguir su vocación artística, inscribiéndose en la Academia Nacional de Arte Dramático Silvio D’Amico de Roma. Dio sus primeros pasos en el teatro en la temporada 1947-1948, en el Piccolo Teatro di Roma, bajo la dirección de su maestro Orazio Costa, en la compañía de Vittorio Gassman y Evi Maltagliati con Tino Buazzelli, actuando con textos dramáticos, como «Liliom» de Ferenc Mòlnar, «L’aquila a due teste» de Jean Cocteau, «Casa Monestier» de Denis Amiel, y «Todos eran mis hijos», de Arthur Miller.
    Junto a Paolo Ferrari y Gianni Bonagura formó un trío que actuó con éxito en la variedades, y en el teatro de revista, a partir sobre todo de la temporada 1953-1954, con obras como «Tre per tre… Nava» de Marcello Marchesi. En esos años trabajó también con Corrado Mantoni. Sus dos grandes triunfos en los escenarios los obtuvo con las comedias musicales «Un trapezio per Lisistrata» en 1958 de Pietro Garinei y Sandro Giovannini, junto a Delia Scala, y sobre todo en «Rugantino» de 1963, obra de Pasquale Festa Campanile y Massimo Franciosa, junto a Aldo Fabrizi y Bice Valori, con la que actuó incluso en los Estados Unidos.

    Nino Manfredi debutó en la gran pantalla en el año 1949 y durante diez años realizó papeles de pequeña importancia en películas modestas, como «Totò, Peppino e la… malafemmina», de 1956 dirigido por Camillo Mastrocinque. Se fue cimentando también su labor como doblador, prestando su voz a actores de la talla de Robert Mitchum, Earl Holliman, Gérard Philipe e incluso a protagonistas italianos como Franco Fabrizi, Sergio Raimondi, Antonio Cifariello y a Renato Salvatori.

    Tras «El soltero» (1955), «Venecia, la luna y tu» (1958) o «Rufufú da el golpe» (1959), a partir de 1960, tras el papel protagonista en la película «El empleado», se convirtió en una de las columnas principales de la comedia a la italiana. Convencía no sólo en papeles cómicos, sino también en personajes más dramáticos. Los papeles que interpreta son hombres fundamentalmente optimistas, en posesión de una dignidad propia, destinados inevitablemente a la derrota, pero nunca humillados. Gracias a sus dotes de amarga ironía sus personajes consiguen a veces sobresalir sobre el hipotético vencedor. Entre las película en que intervino en los años 60, están «A caballo de un tigre» (1961), de Luigi Comencini, «Los años rugientes» (1962), de Luigi Zampa, «El verdugo» (1963), rodada en España a las órdenes de Luis García Berlanga,, «Los motorizados» (1965), de Camillo Mastrocinque; «Los complejos» (1965), film de episodios de Luigi Filippo D’Amico, Dino Risi y Franco Rossi, «Arreglo de cuentas en San Genaro» (1967), de Dino Risi, «El padre de familia» (1967), de Nanni Loy, «Visiones de un italiano moderno» (1969), de Dino Risi, o «Contestazione general» (1970), de Luigi Zampa. Pícaro, buscavidas, sacerdote, ladronzuelo, ex partisano, inmigrante clandestino, zapatero anticlerical en la Roma de los papas, patriarca de una comunidad de miserables o abuelito bebedor: cualquiera que fuese el personaje, a todos les confirió Nino Manfredi una palpitante humanidad. Esa condición era la que se desprendía de todas sus criaturas y la que les daba el sello personal y la profundidad que las volvía universales.

    En 1962 debutó tras la cámara con el cortometraje «La aventura de un soldado», episodio de la película «El amor difícil», extraído de la novela del mismo título de Italo Calvino, delicada e interesante historia sobre los amores entre un soldado y una viuda en el comparti mento de un tren, basado en el silencio y en la mímica. Con su segunda película como director, «Por gracia recibida» (1971), obtuvo la Palma de oro como mejor opera prima en el Festival di Cannes.

    Nino Manfredi también triunfó como cantante, sobre todo en espectáculos radiofónicos. En 1970 su versión del clásico de Ettore Petrolini «Tanto pe’ canta» (original de 1932) consiguió alacanzar la primera posición en las listas de éxitos. También fueron éxitos piezas como «Tarzan lo fa» (1978), «La frittata» (1982) y «Canzone pulita» (1983).
    En 1984 regresó al teatro como autor, director e intérprete en «Viva gli sposi!», seguida por «Gente di facili costumi» (1988). Para la televisión, trabajó como protagonista en la serie «Un commissario a Roma» (1993) y «Linda e il brigadiere» (1997).
    Su último papel cinematográfico fue el de Galapago en la película, que se estrenó posteriormente a su fallecimiento, «La luz prodigiosa» (2003), dirigida por el español Miguel Hermoso. Manfredi interpretó a un personaje privado de memoria, y que es salvado de la muerte por un pastor durante la Guerra Civil Española, e ingresado durante cuarenta años en un manicomio; finalmente se descubriría que esta persona podría ser el poeta Federico García Lorca. Se trata de una Interpretación muy laureada por la crítica, elaborada casi sin palabras, hecha sólo de miradas fijas.
    En septiembre de 2003, sufrió una afección cardiaca. Ingresado en un hospital, no se recuperó completamente. Murió a los 83 años en Roma el 4 de junio de 2004, un año y cuatro meses después del fallecimiento de Alberto Sordi. Estaba casado desde 1955 con Erminia Ferrari, y tuvo con ella tres hijos, la productora Roberta, el director Luca y Giovanna. La cuarta hija Tonina nació de una relación con la joven búlgara Svetlana Bogdanova. La ligera ironía fue siempre uno de los rasgos de Nino Manfredi; otro, una velada melancolía; el fundamental, la gracia del que sabe reírse de sí mismo antes que de los otros. Por todo eso supo ganarse el corazón del público.