El estreno de la obra de Domingo Miras constituye un acontecimiento, con momentos de circo, de cabaret, en medio de una puesta en escena brillante

La pieza, por tanto, está viva por el empeño del autor de que no muriera olvidada dentro de un cajón. Cuenta la historia de Catalina de Erauso, personaje real, que en los albores del siglo XVII decidió, siendo una adolescente, huir del convento en el que ejercía de novicia para hacerse pasar por un hombre y luchar como soldado. Llegó a alférez, condición que en su día le reconocieron tanto las autoridades españolas como el Papa, pese a que Catalina les confesó su condición de mujer.
El montaje supone un intento de lo que en su día se llamó teatro total: Tiene momentos de circo, de cabaret, en medio de una puesta en escena brillante, que acentúa los detalles oníricos y vanguardistas del texto. El teatro de Domingo Miras siempre estuvo a medio camino entre el realismo y la vanguardia, que enfrentó a los autores españoles defensores de una u otra estética en los años 70 y comienzos de los 80.
«La monja alférez» hay que observarla desde la perspectiva de 1985, cuando fue escrita. La propuesta estética planteada por Domingo Miras puede extrañar a algunos espectadores, simplemente porque se trata de un tipo de teatro que ha subido poco a las tablas. Pero tiene pasajes emotivos, unos diálogos perfectamente construidos y unas imágenes hermosísimas. Es teatro, con su magia, perfumado de irrealidad, y ficción, lejos de los acordes del naturalismo. El Papa es una mujer que en escena crece y crece como un gigante de feria. La obra suena a la picaresca española y a la madre coraje de Bertolt Brecht.
En esa grandeza hay que observarla. Porque el paso de los años, como es lógico, le ha provocado cierto desgaste, y vista con malicia, la monja alférez oscila entre el capitán Alatriste y alguna de las mujeres creadas por Pedro Almodóvar, al borde de un ataque de nervios o no. Pero nada de eso existía cuando la concibió Domingo Miras. Entonces un beso en público entre dos mujeres era algo socialmente provocador. Lo traumático es que casi no se haya representado el teatro de Domingo Miras, o de Jerónimo López Mozo, Luis Matilla, Andrés Ruiz o Diego Salvador. Pero hay que celebrar este estreno. Y no mirar atrás. Porque, como sostiene Julio Llamazares, «la melancolía es una patología”.