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Teatro | Crítica | 26/12/2018

GRAN AVENTURA A RITMO DE ROCK
La Sala Sanpol de Madrid, dedicada desde hace 35 años al teatro infantil, estrena “Los músicos de Bremen”

La versión de “Los músicos de Bremen” que se ha estrenado en el Teatro Sanpol, de Madrid, es una sensacional historia de amistad y soledad a ritmo de rock. Hay una historia excelente contada por actores que hacen un trabajo inmenso. Teatro, pues. Y teatro en estado puro, porque va dirigido a un público infantil. Unos músicos que apuestan por la diversidad.

losmusicosdebrementeatro.jpgLa Sala Sanpol de Madrid lleva 35 años dedicada al teatro infantil. Ahora ha estrenado “Los músicos de Bremen”, de los hermanos Grimm, aquellos que empezaban sus relatos con la frase “érase una vez…”, que ha quedado en la memoria de los niños como una aventura extraordinaria procedente de la voz del padre o de la madre antes de caer completamente dormidos e introducirse en el bosque mágico de los sueños. “Érase una vez…”. En “Los músicos de Bremen” los hermanos Grimm contaron una historia de amistad y de solidaridad a través de unos personajes heridos por la vida. El burro viejo, que ya no trabaja como antes, con la espalda dolorida por los esfuerzos realizados y los palos recibidos; el gallo que no canta bien y lo condenan al terrible destino de dar sabor al caldo de la olla que preparan para el almuerzo de ese día; o la gata que sueña con convertirse en una cantante de éxito pero los vecinos le lanzan zapatillas para que no maúlle durante la noche. Y todos ellos se encuentran en el camino de la huida y deciden ir a Bremen para formar un grupo de música. Para encontrar su sueño.

El libreto elaborado por Nicolás Fichster y la dirección de Natalia Jara en esta versión de “Los músicos de Bremen” abunda en el respeto por la diversidad. Es necesario respetar al otro. Uno de los personajes dice: “No importa lo que eres, importa cómo eres”. La función tiene ritmo, atractivo y color. Los niños la ven en silencio y, en ocasiones, emocionados. Los niños son un público sincero y espontáneo. Para los intérpretes resultan entrañables y, al mismo tiempo, temibles: si no les gusta o aburre lo que ven sobre el escenario rompen a hablar o a distraerse. La música de esta obra la ha compuesto Nacho Mañó (ex “Presuntos Implicados”). El gallo canta rock and roll, y la gata interpreta jazz, de manera elástica y sensual, y en ocasiones enlazando lejanamente con el cabaret, en una sensacional composición de lo joven actriz Anabel García.

La puesta en escena desprende un extraordinario amor al teatro. Por parte de todos: de los actores, de la directora, del autor del libreto. De todos. Los actores interpretan, cantan y tocan los instrumentos musicales en directo. Tienen algo estos músicos de Bremen de sueño infantil a ritmo de rock and roll. Están haciendo un público para el presente y para el futuro. Un trabajo colosal a favor del teatro.
Por: Luis Eduardo Siles




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