La historia del funcionario de la morgue que realiza la autopsia al cadáver de Salvador Allende

El 11 de septiembre de 1973 el ejército chileno al frente del general Pinochet se sublevo contra el régimen democrático del socialista Salvador Allende, acabando con el gobierno de izquierdas de Unidad Popular y desatando en el país una represión a sangre y fuego con miles de muertos y desaparecidos. Larraín no vivió aquellos acontecimientos que marcaron a toda na generación, tanto en Chile como en Europa y América. Su aproximación histórica es la de un entomólogo, bistiri en mano.
«Es una materia que me interesa porque no logro comprender. No está resuelta desde mi perspectiva y esa no resolución me hace ir a ese lugar», ha explicado en Venecia Larrain (que en ediciones anteriores ya había presentado su filme «Tony Manero» en el certamen), Su visión del derrocamiento de Salvador Allende y el ascenso al poder de Augusto Pinochet «transita lo desideologizado, pues es la historia de un ser humano que está profundamente enamorado, y cuya historia tiene una tensión con la Historia de Chile», asegura.
El protagonista del filme se llama Mario Cornejo, y es un introspectivo y cincuentón ayudante del hospital forense militar de Santiago de Chile, interpretado por Alfredo Castro, que compatibiliza las riadas de muertos que llegaron al hospital en las horas posteriores al 11 de septiembre de 1973 con la obsesión amorosa que siente por su vecina, a quien da vida Antonia Zegert. «Es un hombre que trabaja con la muerte y que ve en el cuerpo de una mujer otra muerte que le atrae», ha dicho Castro. Un hombre gris, secretamente enamorado de una vecina cabaretera de familia comunista, que le utiliza sin pudor, como principal personaje.
Mario Cornejo es funcionario de la morgue y se dedica a redactar los informes de las autopsias, y, en medio de los cadáveres de víctimas del golpe que atiborran su «lugar de trabajo», le toca recibir y certificar al difunto Allende, que con su cabeza reventada ocupa la pantalla buena parte del metraje. «Es una escena rodada en el mismo lugar, en la misma cama, con la misma luz y los mismos instrumentos que entonces. Y, entonces, también el verdadero Mario Cornejo estaba allí», ha afirmado Larrain. «No pedí permiso a la familia Allende para rodar esta escena, porque Salvador Allende es una figura universal, que está en nuestra cultura y nos pertenece a todos», ha asegurado el director.
Y sobre la moral de su personaje argumenta: «No me atrae el cine donde todo está moralmente calificado. Yo quiero mucho a mis personajes, tiendo a comprenderlos. Esta película requiere un análisis más complejo, porque Mario no es un cobarde. Y lo que alguien considera feísmo yo lo considero belleza».