Julián Ortega interpretará, dirigido por José Antonio Ortega, «La Tigresa y otras historias», a partir del jueves 5 en el Sol de York de Madrid

A veces ocurre que una historia permanece adherida bajo los pies y uno camina junto a ella a la vez que vive. A los cuatro años, el actor Julián Ortega -que desde 1990 vienen desarrollando una sólida trayectoria teatral interpretando papeles dirigidos por José Pascual, Gerardo Malla, Luis Olmos, María Ruiz, Mario Gas, Ernesto Caballero, Ferrán Madico o Eduardo Vasco, entre otros- escuchó por primera vez el trepidante texto del dramaturgo italiano Dario Fo La Tigresa y otras historias y se quedó prendado. Y es con ese mismo espectáculo que le embelesó, hoy dirigido por su padre, José Antonio Ortega, con el que abrirá el 5 de septiembre la temporada teatral de El Sol de York de Madrid, tras su paso por Zaragoza, Bilbao y Segovia. Todo un reto para un actor, que, durante 90 minutos, ha de encarnar una treintena de personajes con distintos registros, y que se podrá ver de jueves a domingo, hasta el 22 de septiembre, en esta activa sala madrileña.

Con una narración caracterizada por un ritmo extremadamente dinámico en la que el actor se convierte tan pronto en narrador como en intérprete y que exige un trabajo físico, gestual y vocal riguroso, «La Tigresa y otras historias» es un texto escrito en 1979 perteneciente a ese teatro cómico, político y social tan propio del Premio Nobel italiano: inteligente, provocador, sencillo, lleno de sentido del humor y profundidad. Compuesto por tres historias independientes, «La Tigresa», «El primer milagro del Niño Jesús» e «Ícaro y Dédalo», pero vinculadas por el deseo de Dario Fo de introducir al espectador, a través del significado moral y la risa, en los mundos imaginativos que describe, es un ejemplo de literatura teatral transfigurada en clave fantástica, para ser interpretada con brotes constantes de insuperable comicidad e histrionismo.
«La Tigresa» es una antigua y delirante fábula oriental salpicada de humor que ha sido traducida al castellano por Carla Matteini y que Fo dice haber escuchado de un juglar chino en la periferia de Shanghai, durante una visita que hizo a China. En esta historia un soldado, participante en la histórica Larga Marcha china, es malherido en una emboscada. Sus compañeros lo abandonan a su suerte y él, tras ser sorprendido por una terrible tormenta, se refugia en una cueva, que resulta ser el cubil de una enorme y fiera tigresa y su cachorro, un tigrecillo. Las chocantes relaciones que se establecen entre estos tres personajes introducen al espectador en este cuento de origen chino, cuyas resonancias a Fo le hacían recordar su lengua de origen y un teatro sin tiempo, sin heredad, siempre lleno de popularidad y de un humor sublime.
Asimismo, «El primer milagro del niño Jesús» sitúa al espectador en la cultura judeo‐cristiana, donde Fo se inspira en uno de los evangelios apócrifos o proto-evangelios existentes. El autor toma una parte de la infancia de Jesús para recrear la historia de un enojado niño Jesús y su primer milagro.
Y la última historia, «Ícaro y Dédalo», completa la puesta en escena con una historia que corresponde a una cultura más lejana en el tiempo y sin embargo también cercana: la cultura griega. Dédalo y su hijo Ícaro buscan la salida del laberinto que el mismo Dédalo había construido por orden del rey Minos de Creta. Después de algunas vicisitudes lo consiguen por aire, tras ingeniar, fabricar y colocarse unas alas que les permite volar. El final del mito es conocido, pero no así la motivación por la que el joven Ícaro huye hacia el sol…

Y es que los cuentos tienen la capacidad de convocar imágenes, transportarnos a otros lugares, habitarnos, permiten que aprendamos el mundo a través de la palabra, se convierten en la entrada secreta al universo, dialogando en silencio dentro de nosotros mismos. En los cuentos cabe todo el mal y todo el bien, y en ellos se encuentra siempre la senda para romper con los más terribles hechizos. El escuchar y el contar son necesidades primarias del ser humano, y la necesidad de narrar también resulta del deseo de hacerlo, del deseo de divertirse uno a sí mismo y divertir a los demás a través de la invención, la fantasía, el terror y las historias fascinantes.
José Antonio Ortega -fundador y gestor durante más de treinta años de la Sala Villarroel de Barcelona, guionista de cine y veterano director de teatro que desde los años 80 no ha parado de estar al mando de numerosas producciones- ya dirigió a Manel Barceló en 1982 con este mismo texto. Ahora aborda de nuevo la obra de Dario Fo en la voz y el cuerpo del actor Julián Ortega -que, como ha afirmado la crítica, despliega con medida un trabajo actoral impecable que demuestra su talento en una propuesta netamente interpretativa-, con la intención de transmitir a los espectadores estos relatos llenos de sabiduría y elaborados con mecanismos perfectos que conducen a la risa, para que ellos sean los intérpretes-lectores de las historias, extrayendo lo que el teatro y la literatura son capaces de proyectar.